
En este libro reuní historias de personas que, al igual que tú y yo, tuvieron que aprender a convivir con la ausencia de quienes aman. A través de las trayectorias de Helena, Tiago y Clara, me sumerjo en las diferentes caras de la nostalgia para mostrar que no existe una forma correcta, ni un tiempo exacto, para sentir.
Escribí cada página con sencillez y con toda mi emoción, buscando ofrecerte un lugar de consuelo. Este libro es mi invitación para que entiendas tus sentimientos, respetes tu propio ritmo y descubras que el amor que permanece es, al final de cuentas, lo que nos ayuda a seguir adelante. Un día a la vez.
En este libro reuní historias de personas que, al igual que tú y yo, tuvieron que aprender a convivir con la ausencia de quienes aman. A través de las trayectorias de Helena, Tiago y Clara, me sumerjo en las diferentes caras de la nostalgia para mostrar que no existe una forma correcta, ni un tiempo exacto, para sentir.
Escribí cada página con sencillez y con toda mi emoción, buscando ofrecerte un lugar de consuelo. Este libro es mi invitación para que entiendas tus sentimientos, respetes tu propio ritmo y descubras que el amor que permanece es, al final de cuentas, lo que nos ayuda a seguir adelante. Un día a la vez.


Muchas veces, huimos de nuestros propios sentimientos por miedo al dolor. A través de las historias de Helena, Tiago y Clara, vas a encontrar un espejo para tus propias emociones y entender que no hay nada de malo en sentir lo que sientes.

El duelo es difícil y el miedo de perder a quienes amamos duele. Este libro no ignora ese dolor; se sumerge en él contigo. Es un proceso honesto, escrito entre lágrimas, porque solo quien entiende el peso de la nostalgia puede hablar de ella con verdad.

Vas a descubrir que no estás solo. El objetivo de estas páginas es aliviar el peso de aquello que no logramos explicar, brindándote el consuelo necesario para que puedas respirar hondo y seguir adelante, un día a la vez.
Este libro es para quienes están viviendo un duelo y sienten que el tiempo se detuvo. Para quienes ven nostalgia en cada detalle y en cada recuerdo.
Y también es para quienes quieren ser refugio. Para quienes desean acompañar sin exigir y amar sin intentar “arreglar” el dolor de nadie.
Porque, a veces, no necesitamos respuestas. Solo necesitamos presencia.


✓ 3 historias intensas y sensibles sobre el antes y el después de una pérdida, que demuestran que aunque el dolor sea difícil, sí es posible seguir adelante.
✓ Un viaje emocional por trayectorias que podrían ser la tuya, la mía o la de cualquier persona que alguna vez tuvo que decir adiós.
✓ Palabras que abrazan, escritas por alguien que también sintió el dolor y lloró en cada página para traerte consuelo.
✓ La oportunidad de entender tus sentimientos y descubrir que no estás solo en el vacío que deja el duelo.
✓ Además de las historias, el libro incluye páginas dedicadas para que puedas desahogarte y escribir lo que quieras: tus sentimientos, recuerdos, pensamientos o incluso aquello que nunca lograste decir.
✓ E-book con entrega inmediata. Libro físico con entrega estimada de 5 a 12 días hábiles.








A los 26 años, encontré en la escritura un lugar de sentido y de escucha. Soy brasileño, nacido en Porto Alegre, y siempre he estado enamorado de las historias. En ellas descubrí una forma de transformar el dolor en cuidado y el silencio en palabras.
Creo que no existe una fórmula mágica para superar la muerte de alguien que amamos, pero también creo que ponerle nombre a lo que duele puede hacer que el peso sea más llevadero. Escribir, para mí, es una manera de abrazar eso que muchas veces no sabemos explicar.
A través de la escritura, busco hacer más ligera la nostalgia. Mi libro debut, La Historia de Quien Se Quedó, es una invitación a mirar de frente las marcas de la pérdida con sensibilidad y valentía. Es un abrazo en forma de páginas para quienes necesitan seguir, pero no quieren olvidar.
Y hoy, desde Brasil, comparto este libro con el mundo entero.
Eu queria que você pudesse entrar na cozinha da minha infância só por um minuto. Não para olhar as paredes, mas para respirar fundo. O ar ali era diferente de qualquer outro lugar; tinha uma textura morna, um perfume de madeira recém cortada que vinha da oficina nos fundos e o cheiro denso do café que minha mãe acabava de passar no coador de pano. Era um cheiro que abraçava a gente antes mesmo de meu pai, o Seu Antenor, dizer “bom dia”.
A casa era toda de madeira, construída por ele, tábua por tábua. E, por ser de madeira, ela parecia estar viva. Se o sol batia forte, as paredes estalavam como se estivessem se espreguiçando; se o vento soprava, a casa assoviava baixo. Minha mãe conhecia cada um desses sons. Ela sabia dizer se era o vento na fresta da janela ou se era o meu pai chegando da oficina pelo jeito que o assoalho reclamava.
No centro de tudo isso, estava ele.
Meu pai era um homem que parecia feito da mesma matéria firme que usava no trabalho: forte, sólido e impossível de dobrar. Quando ele entrava na cozinha, minha mãe já deixava a xícara de esmalte separada sobre a mesa. Ele sempre usava camisas de flanela, e quando passava por mim, o rastro que deixava era o de um homem que passava o dia trabalhando com as mãos. Ele cheirava a trabalho honesto e a serragem fresca.
Ele se sentava sempre no mesmo lugar, na cabeceira daquela mesa imensa que ele mesmo fez. Ninguém nunca precisou dizer que aquele lugar era dele; era uma lei natural da casa. Minha mãe sentava ao lado dele, e eu, ainda pequena, ficava observando os dois. Eu via o jeito que ele apoiava os braços musculosos na madeira e como ela olhava para ele, com um silêncio que dizia que tudo estava em paz.
Ele tinha uma calma que me dava a certeza de que nada de ruim aconteceria enquanto estivéssemos ali, naquela cozinha de teto alto e chão que rangia.
O melhor momento era quando ele pegava o violão.
Ele não cantava. Meu pai era um homem de poucas palavras e de uma voz que ele guardava para o essencial. Mas quando ele apoiava o instrumento no colo, as cordas de aço falavam por ele. O som batia nas paredes de madeira da cozinha, criando um eco que fazia o meu peito de criança vibrar. Eram melodias graves, bonitas, que preenchiam todos os cantos. Minha mãe continuava seus afazeres na pia, mas eu notava que ela diminuía o passo, como se quisesse caminhar no ritmo das notas que ele tirava.
Eram mãos grossas, calejadas pelo uso da lixa e das ferramentas, mas que tocavam as cordas com uma delicadeza que eu não conseguia parar de olhar. Para mim, aquele som era simplesmente a voz do meu pai. Era a música que a nossa casa fazia para nos proteger do mundo lá fora.
— Escuta o som, Clara — ele dizia, dando um sorriso de lado só para mim, enquanto minha mãe colocava mais um pouco de café na xícara dele. — A madeira guarda a música dentro dela. A gente só precisa saber como tirar.
Havia uma alegria tão real naquela cozinha que eu achava que podia pegá-la com as mãos. Era o prazer de ver o meu pai ali, na força da sua idade, e minha mãe cuidando do calor do nosso lar. Eu sentia um orgulho imenso de ser a filha daqueles dois. Naquela época, o café sempre parecia mais gostoso e a vida parecia ser feita de uma madeira que nunca ia quebrar. Eu não tinha pressa de crescer, porque ali, naquela cozinha, tudo era eterno.